EN UN BALCÓN DE LA INSOLENCIA


Hola:

No tenía previsto sumar más líneas antes de comenzar nueva semana. Esperaba que finalizara el derrape circense y observar los primeros efectos del accidente para valorar, por supuesto a mi entender, sus primeras consecuencias. Pero me ha molestado, y mucho, lo ocurrido ayer en el balcón del antaño excelso Ayuntamiento de Barcelona. No sólo lo pasado, sino también lo no ocurrido. Lo pasado porque cuesta asimilarlo y lo no ocurrido porque demuestra por qué suceden tales cosas.

Llevamos a cuestas una serie de maldades, que analizadas como hechos aislados pueden resultar pueriles, pero una vez sumadas, hace tiempo que rebosaron el vaso de la bondad.

Llevamos a cuestas una serie de maldades, que analizadas como hechos aislados se pueden ver, entender y juzgar como pueriles, igual que lo sería la rabieta de un niño mimado, egoísta, maleducado e inconformista, que nunca sacia su sed de caprichos. Ahora bien, una vez sumadas, hace tiempo que rebosaron el vaso de la bondad. Aprovechándome del símil, seguro que ese chiquillo en caso de múltiple reincidencia habría probado las delicias de un buen cachete. ¡Cuidado, tengo que medir mis palabras! Bueno, para los progresistas y falsos buenistas, queda mejor: merecedor de un tiempo mirando a la pared, ir un rato al rincón de pensar o quedarse un mes sin paga. Elijan los más avanzados el castigo más liviano, pero estoy seguro que alguno aplicarían al crío.

Hace tiempo que, ¡uf como suena eso del tiempo con los años!, tengo claro que en esta vida los actos producen consecuencias. Al igual que una pelota tirada contra una pared rebota, lo relacionado con nuestra actuación obtiene secuela. No tengo tan claro que la fuerza del acto, a diferencia del caso de la pelota, incida en el resultado, pero de que hay rebote, seguro.

Lo de ayer, volviendo al balcón, fue vergonzoso para los que todavía conocemos su significado, y de loa para los infamadores.

La dificultad de concordar la reacción a la acción reside en la tardanza, ¡otra vez el tiempo! La mayoría de personas carecemos de memoria “ROM” donde depositar este tipo de secuencias. Almacenamos perfectamente los sucesos, pero el factor tiempo suele difuminarse en nuestra memoria virtual, de tal forma que la mayoría de veces perdemos la perspectiva del suceso en relación al momento en que se produjo. En el fondo no hemos evolucionado tanto, ya que nos pasa igual que a nuestras mascotas, que no entienden que les riñamos hoy por algo hecho ayer. Es la historia la que pone las cosas en su sitio, ordenando hora y evento.

Lo de ayer, volviendo al balcón, fue vergonzoso para los que todavía conocemos su significado, y de loa para los infamadores. Pues vergonzante era ver como se vapuleaba la bandera; la enseña representante del estamento mediante el cual esta cuadrilla de felones ha alcanzado el poder. Y todavía hay medios de comunicación que lo titulan ‘guerra de banderas’. Vaya profesionales de la equidistancia, memos de solemnidad que manipulan la información con el cazo en la mano.

Pero lo peor de esta tragicomedia, más tragedia que comedia, será su final; un final, sea el que sea que no gustará a una parte importante del público y que como tal protestará.

Ni que decir tiene que esto sólo es asumible porque la actual sociedad ha perdido sus principios y valores; está muerta en vida. El conformismo como meta, la mediocridad como marchamo de éxito, la ausencia de superación como tal, la falta de coraje por no saber que es, la cobardía porque está de moda, la presbicia por resultar lejana, la torpeza por su simpleza, la ignorancia por comodidad, los miedos por miedo y… ¡Que difícil resulta ser optimista!

Cada vez estoy más persuadido de que lo que pasa aquí sólo es posible bajo la aquiescencia de allá. O mis entendederas son muy cortas, que pudiera ser, y no comprenden el porqué de la infinita permisividad, o bien ya todo está pactado desde hace tiempo y lo que vemos es teatro, puro teatro. Incluso admitiendo la buena fe de alguno de los actores que sólo conoce su papel y nada más, me cuesta admitir que lo que pasa no esté escrito de antemano.

Pero lo peor de esta tragicomedia, más tragedia que comedia, será su final; un final, sea el que sea que no gustará a una parte importante del público, y que como tal protestará. No sé si se revelará, pero en todo caso su turbación, enojo, irritación y rabia, en fin, su cabreo, tardará años en desaparecer y ojalá no pase de eso.

Saludos.

T.McARRON




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