YO TAMBIÉN QUIERO ‘PLEGAR’ A LAS 6

debate electoral

En época electoral medidas populares a diestra y siniestra


Hola:


En primer lugar, quisiera excusar el uso del verbo plegar para referirme a acabar la jornada laboral. No es formalmente adecuado, aunque en Cataluña se usa mucho con esa finalidad.


Parece ser que la asimilación de la locución ‘plegar’ con el hecho de acabar o terminar el trabajo, procede de cuando los barcos de vela arriaban éstas una vez la nave llegaba a puerto. Tras atracar, se plegaban velas y los marineros podían marchar a tierra firme.
Otros, como es el caso catalán, relacionan el uso del término con la potente industria textil del momento, donde los obreros acababan la jornada plegando las telas.


Bien, hecha la aclaración entro de lleno en el tema.


De todos es conocido que la totalidad de partidos políticos mienten más que hablan y llegado el momento de las elecciones sus promesas llegan al paroxismo, convirtiéndose en una carrera delirante hacia la mayor entelequia. Prometen y prometen para luego, llegado el momento, no cumplir aquello que sabían de antemano era totalmente inviable.


Los políticos no tienen derecho a originar nuevos conflictos con la finalidad de tapar aquellos otros que su impericia no es capaz de solventar.


La política, que algunos califican como el arte de resolver los problemas que plantea la convivencia colectiva, no puede convertirse en subasta de soluciones quiméricas. Los políticos no tienen derecho a originar nuevos conflictos con la finalidad de tapar aquellos otros que su impericia no es capaz de solventar. Ni esconderlos o minimizarlos, pues es muy probable que el tiempo no los resuelva sino más bien los agrave.


Tampoco es permisible que los partidos políticos pronuncien constantes discursos banales. Es una falta de respeto a las personas que utilizamos el raciocinio; si bien es cierto que el vulgo, cada día en mayor cuantía, se traga todo aquello que pronuncia su jefe tribal, sin atender a más.


El debate a cuatro del pasado lunes es una muestra evidente de lo antedicho. Las ganas de poder se declaran infinitas en todos los participantes y resultan llamativos los gestos, miradas y tono con que se lanzan puyas. Últimamente es en lo que me fijo, más allá del discurso que resulta monótono y repetitivo. El uno por mantener el mando y los otros obsesionados por alcanzarlo, lanzan mensajes, diría yo, proporcionalmente más disparatados por cuanto más compleja se les presenta la victoria.


Una concepción de la sociedad basada en el reparto de la miseria, encubierta en subsidios que buscan la sumisión y el servicio de quien los percibe.


Iglesias, el demagogo, adornado con una apariencia inofensiva y bondadosa que encubre sus verdaderos propósitos. Un populismo que propone una sociedad más igualitaria a costa de los que más tienen, sabiendo perfectamente que el capital no apuesta por estas ideas, que hoy día las fortunas no viajan en maleta y que la máquina de crear dinero tiene dueño externo. Una concepción de la sociedad basada en el reparto de la miseria, encubierta en subsidios que buscan la sumisión y el servicio de quien los percibe. Un peligroso camino al abismo de la inopia, manejado con la habilidad de un embaucador, estatista y totalitario.


Rivera, el joven, el deseado por algunos. Tal vez el político del futuro, por capacidad, habilidad y competencia, siempre que su narcisismo no acabe con él. La doble vara de medir con la que enfoca y toma decisiones hace que su mensaje pierda credibilidad. Su declarada animadversión a uno y su simpatía y propensión para con el otro le posicionan, tal vez porque lo busca, más a la izquierda de lo que realmente se siente. La constante interferencia en casa ajena, al negar legitimidad a quien la obtiene en urnas, dice poco a favor de su auto-pregonado carácter democrático. A su favor la claridad del mensaje, sin ambages, de la defensa y unidad de España en cualquier parte del territorio.


Un líder mediocre con un mensaje cada vez más anfibológico que implica perder la claridad. Un dirigente vigilado por los suyos, pero capaz de cualquier aventura con tal de tocar poder.


Sánchez, el que más se juega y se le nota. Tanto, que hasta sus gestos faciales denotan un nerviosismo que le incapacita para modificar su ya conocida perorata. Es el cambio, siempre el cambio. Un cambio que ya huele y duele, porque de tanto trocar ha retrocedido en el tiempo. Ha vuelto a años de González, pero sin él. Un líder mediocre con un mensaje cada vez más anfibológico que implica perder la claridad. Un dirigente vigilado por los suyos, pero capaz de cualquier aventura con tal de tocar poder. Un figurante hundido en un partido que perdió hace años el influjo en la sociedad y también la dignidad, si acaso algún día la tuvo.


Y, Rajoy, el hombre tranquilo, el killer  que surgió de un viaje a México, el designado que acabó con quien le designó. De los cuatro candidatos el más previsible, que ahora y tal como están las cosas no es poco. No parecen ser tiempos propensos a la mudanza. Pero, al igual que todos sus oponentes, propulsor de medidas populistas en busca de algo más que sus fieles. De esas “26 medidas para el 26J” que ha elaborado su partido, hay una que me llama especialmente la atención. Concretamente la medida número 13 -curioso guarismo para los supersticiosos-, en la que se menciona textualmente: “Impulsaremos el cambio del huso horario y promoveremos que la jornada laboral termine a las 18 horas”.


Pues mire usted, no sé si será posible cambiar el huso horario y equipararlo con otro país, pero, en cualquier caso, yo también quiero acabar mi jornada laboral a las 6 de la tarde.


Pues mire usted, no sé si será posible cambiar el huso horario y equipararlo con otro país, pero, en cualquier caso, yo también quiero acabar mi jornada laboral a las 6 de la tarde. Sin embargo no podré. Soy autónomo y me debo a mis clientes y a sus horarios. Por mucho que quieran ustedes me será imposible.


Pero, igual que yo, hay infinidad de personas, autónomos o no, que nunca podrán acabar su jornada laboral a esa hora. Ni médicos, ni anestesistas,  ni conductores, ni camareros, ni dependientes, ni bomberos, ni cerrajeros, ni policías, ni vigilantes, ni limpiadores, ni… Me ahorro decenas de empleos más para no resultar pesado.


Lo malo es que lo saben, porque si no fuera así sería peor. Habrá mucha gente a la que puedan engañar, pero a todos aquellos que utilizamos el intelecto no nos gusta su propuesta por majadera, casual y fuera de lugar. Luego no se quejen. Habrá mucha gente que se quedará en casa el próximo día 26.


El gran Papini ya escribió en Gog: “A Primo van todas las personas que se aburren; a Ramón, todas aquellas que están aburridas. El uno se ve asaltado por periodistas y caciques; y el otro por desocupados y locos. Elija.


Saludos.


T.McARRON



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